CÓMO NOVAK DJOKOVIC RESOLVIÓ EL MISTERIO DE JAMES RODRÍGUEZ
Por Gerardo E. Méndez.
The Winning Brain: Ciencia del Desempeño Superior para que los Empresarios Emprendedores desaten la furia de sus mentes y escalen sus negocios.
Esta es la pregunta que muchos nos hemos hecho por años:
¿Cómo es posible que el jugador que marcó el gol más bello de un Mundial en décadas, que ganó la Bota de Oro en Brasil 2014, que llegó al Real Madrid como una de las contrataciones más caras del planeta y brilló en él… nunca haya logrado sostener ese nivel de manera consistente en los años siguientes?
No es una pregunta de aficionados desilusionados. Es la pregunta que cualquier persona que quiera entender el rendimiento humano debería hacerse. Porque la respuesta no sólo está en las lesiones. No está en la mala suerte, aunque siempre las hay. Está en algo más invisible, más difícil de admitir, y más costoso de ignorar.
Está en la mente.
Pero no de la manera vaga y generalista que suele mencionarse: le faltó inteligencia emocional. No, no. Eso no resuelve el misterio. Tampoco decir que "le faltó mentalidad", lo cual explica todo sin explicar nada. Sino en un mecanismo psicológico muy preciso que tiene nombre, respaldo científico sólido, y que la nueva serie documental de Netflix sobre James Rodríguez, sin querer, quizás, expone con una claridad que debería hacernos reflexionar a todos los que construimos algo; ya sea en un campo de fútbol, en el internet o en una fábrica.
Aclaración antes de continuar: soy fan de James. Creo que Colombia le debe muchísimo. Y creo, sinceramente, que ha sido el jugador más talentoso que este país ha producido hasta ahora. Por eso, lo que viene a continuación no es un ataque. Es un caso de estudio.
LO QUE LA SERIE REVELA SIN QUERER
En tres episodios, la serie de Netflix construye el retrato de un hombre de convicciones extraordinariamente fuertes. Sus amigos lo dicen sin rodeos: es terco. Cabezota. Su mamá, que lo conoce mejor que nadie, lo confirma con esa mezcla de orgullo y preocupación que solo tienen las madres: esas mismas convicciones tan duras como piedra lo llevaron tan lejos como llegó, pero también le jugaron en contra más de una vez en la vida.
Cuando James llegó al Bayern Múnich, su primer año fue positivo gracias a entrenadores que hablaban español (Carlo Ancelotti y Jupp Heynckes) quienes facilitaron su integración. Ahí todo fluía. Ahí James era James.
Pero llegó Niko Kovač. Y con él llegó la primera señal visible de algo que venía creciendo adentro desde hacía tiempo.
Kovač tenía una exigencia simple para sus jugadores: 30 minutos de bicicleta después de cada entrenamiento. La respuesta de James fue directa y sin filtro:
"¿Voy para el Tour de Francia o qué? Yo soy jugador de fútbol."
Y no solo eso. En la serie él mismo reconoce (sin ningún sonrojo) que dejó de aprender alemán porque “no le entraba”. Idioma que el club le exigía para poder comunicarse con su técnico y sus compañeros.
Dos negativas. Dos cierres. Dos puertas que él mismo cerró desde adentro.
Y ahí está el misterio. No en la terquedad en sí porque la terquedad puede ser un arma, sino en lo que esa terquedad revela sobre el estado de su mente en ese momento. Porque el asunto es que un ego fuerte que se convierte en escudo impenetrable no protege. En realidad, aísla. Y así fue que James gestó la inestabilidad que tuvo por todos los equipos por los que se paseó: se fue aislando en y por sus impenetrables convicciones.
LO QUE DJOKOVIC ENTENDIÓ QUE JAMES NO PUDO
En 2010, Novak Djokovic era bueno. Muy bueno. Pero no era el mejor. Federer y Nadal lo aplastaban con una regularidad casi que inevitable. Y él lo sabía. Era tercero en el mundo con pasaporte para quedarse ahí.
Pero ocurrió algo que nadie esperaba. Ni él mismo.
Algo que no tuvo que ver con su saque ni con su revés ni con horas adicionales de entrenamiento en pista.
Un médico serbio lo sometió a una prueba extraña. Le pidió que extendiera el brazo derecho con firmeza y resistiera la presión hacia abajo. Sólido. Después le puso una barra de pan en la mano izquierda y repitió el ejercicio. El resultado fue tan sorprendente que lo dejó en shock. Su fuerza se desplomaba al contacto con el gluten. El diagnóstico fue sensibilidad al gluten. El tratamiento: eliminar el pan, la pasta, el queso.
Para cualquiera eso sería una mala noticia. Para alguien cuyos padres tenían una pizzería, era casi un sacrilegio.
Pero Djokovic no puso peros y eliminó el gluten de todas formas. A pesar de que habría podido ser presa de un ego soldado a sus convicciones más acérrimas:
“¿Eliminar la harina, la pizza, el pan, el queso? ¡Pero si crecí con eso! ¡Nooo, estás loco!”
En su libro, describió la transformación como profunda: mejor sueño, más energía, mayor ligereza en la cancha. Dos semanas después de empezar, los resultados eran tan claros que cuando comió un bagel al terminar la prueba para ver qué ocurría, la fatiga fue inmediata y aplastante.
En 2011, el resultado fue histórico: ganó 43 de 44 partidos, terminó el año como número uno del mundo, y comenzó una era de dominación que lo convertiría en el tenista más ganador de la historia.
Obviamente esto no fue suerte. Fue consecuencia directa de una decisión que la mayoría de personas no habría tomado. Porque escuchar algo que contradice tus hábitos de toda la vida, algo que cuestiona tus convicciones, y lo que creías saber sobre tu propio cuerpo e identidad, requiere una cualidad mental muy específica que Djokovic ha nombrado con claridad en múltiples entrevistas como la razón central de su éxito.
Mente abierta.
En sus propias palabras: tener una mente abierta ha sido su MAYOR CONQUISTA EN LA VIDA. Ni más ni menos. La MAYOR. (Puedes verlo en la entrevista # 1 con Jay Shetty). Eso le permitió ver cosas nuevas, aprender a hacer mejor cada cosa, conocer nuevas culturas, adquirir perspectivas distintas, romper los modelos mentales que lo frenaban como un ancla. Le permitió adoptar la posición de que no hay nada imposible.
Y sobre el ego, ese personaje misterioso que tantos atletas no saben manejar, dijo algo que vale la pena entender:
"Yo tengo un gran ego, pero no puede ser mi enemigo, porque entonces te vuelves reactivo. Debe ser mi coequipero."
Tienes que complacerlo y al mismo tiempo controlarlo, dijo. Decirle: somos el mismo equipo, resolvamos esto juntos.
No negarlo. No aplastarlo. No dejarlo que conduzca solo.
Convertirlo en aliado.
Esa distinción es la diferencia entre terquedad que destruye y determinación que construye.
EL MECANISMO: POR QUÉ EL EGO CERRADO ARRUINA EL RENDIMIENTO
Aquí es donde la ciencia entra a darle estructura al tema.
Carol Dweck, psicóloga de Stanford y una de las investigadoras de motivación más influyentes del mundo, pasó décadas estudiando qué pasa en la mente de las personas cuando enfrentan un reto que desafía lo que creen de sí mismas. Sus hallazgos fueron que cuando las personas se ven a sí mismas como poseedoras de atributos fijos ("soy así", "tengo este talento", "estas son mis capacidades") se ciegan ante su potencial de crecimiento y abandonan prematuramente los comportamientos que les permitirían mejorar.
A esto lo llamó mentalidad fija. Y su opuesto es la mentalidad de crecimiento. Ya de esto he hablado en otros artículos. Es ver el yo como un trabajo en progreso que puede adquirir nuevas habilidades y capacidades.
La diferencia entre los dos no se nota en los tiempos fáciles. Se nota exactamente cuando llega Niko Kovač con su bicicleta.
Porque para alguien con mentalidad fija, esa bicicleta no es un ejercicio. Es una amenaza a su identidad. Es una señal de que alguien cree que necesita mejorar. Y si "soy futbolista, no ciclista", cualquier exigencia que contradiga esa definición de sí mismo se convierte en un ataque personal al que hay que responder con resistencia.
Dweck documentó que las personas con mentalidad fija temen el fracaso porque lo interpretan como una declaración sobre sus capacidades básicas, mientras que las personas con mentalidad de crecimiento no le temen de la misma manera, porque entienden que su desempeño puede mejorar y que el fracaso es una fuente de aprendizaje.
Pero hay algo aún más revelador. La neurociencia lo confirma a nivel cerebral. Investigadores que monitorearon la actividad cerebral de personas con diferentes tipos de mentalidad encontraron que quienes tenían mentalidad de crecimiento mostraban mayor actividad en las regiones cerebrales asociadas con el procesamiento de errores, y que esa mayor actividad se traducía directamente en mayor precisión posterior. Es decir, no solo son más abiertos a la retroalimentación. Son literalmente mejores procesando los errores. Su cerebro trabaja diferente.
Básicamente, el cerebro cerrado no aprende del error. Se defiende de él.
El problema es que ese cerebro deja de crecer sin importar cuánto talento haya dentro.
NADAL: EL TERCER DATO QUE CIERRA EL ARGUMENTO
Pero continuando con la psicología de élite, vale la pena mirar a Rafael Nadal. Porque Nadal es, en muchos sentidos, el contraejemplo perfecto a la mentalidad fija en un atleta que además tenía ego, determinación y convicciones tan fuertes como cualquiera.
Nadal fue tan consistente durante dos décadas que ganó más Grand Slams que Federer y Djokovic en el período de mayor competencia entre los tres. Lo hizo con un cuerpo que se rompía regularmente y le obligaba a reconstruir su juego desde cero múltiples veces.
¿Cómo lo hizo?
Cuando perdía, volvía a aprender como si fuera un estudiante que empezaba de nuevo. Cambió su mentalidad por completo en esos momentos, en lugar de reaccionar desde el orgullo herido. Y en las finales más ajustadas, describía algo que suena paradójico viniendo de alguien tan competitivo: que jugaba sin el ego en la cancha, mirando el partido desde cierta distancia.
Como él mismo dijo sobre por qué nunca bajaba los brazos incluso ganando 6-0 en el primer set: "Lo más importante en la cancha es no dejar de darte oportunidades, nunca bajar los brazos, porque puedes mejorar, la inspiración llega, el rival puede fallar." Y atribuyó ese hábito a su tío Toni, quien nunca le permitió conformarse.
Un entorno que lo hizo incómodo. Una mente que no lo rechazó.
Seguro ves el patrón.
EL PRECIO QUE JAMES PAGÓ
No es que James no tuviera determinación. La tenía en cantidades extraordinarias.
El problema fue que sus fuertes convicciones se convirtieron en muros. Y los muros están hechos para bloquear.
James reconoció en la serie que con la llegada de Kovač ya no estaba dentro de las preferencias del técnico, y que cada entrenador tiene las suyas. Pero lo que no dijo (porque no vio), es que esa exclusión no cayó del cielo. Se construyó ladrillo a ladrillo, rechazo a rechazo, negativa a negativa. Y digo que no lo vio porque en la misma serie James se sorprende cuando el entrevistador le revela que todos sus familiares y amigos dicen que él es terco.
“¿Todos?” Se sorprende él.
“Sí, todos.”
“No… pero ya a los 33 años he mejorado un poco eso. Bueno pero si lo dicen entonces es así.”
LO QUE ESTO LE DICE A CUALQUIER EMPRESARIO EMPRENDEDOR
Aquí está la verdad que trasciende el fútbol y el tenis y que le importa a cualquier emprendedor y líder:
El talento que no se cuestiona se convierte en techo.
Porque el talento sin apertura mental es un cuarto cerrado con muebles bonitos. Impresiona desde afuera. Pero no crece. No se ventila. Y con el tiempo, se llena de polvo que nadie ve hasta que el cuarto ya no sirve para lo que fue construido.
La apertura para adaptarse, según los investigadores que han estudiado la carrera de Djokovic, ha sido el elemento central de su resiliencia. No sus técnicas de juego, no su físico, no sus horas de entrenamiento. Su disposición a escuchar algo que contradecía lo que ya creía, y probarlo de todas formas.
Porque hay algo que todas las trayectorias de alto rendimiento tienen en común, en el deporte, en los negocios, en cualquier campo que exija excelencia sostenida: los que perduran son los que se permiten ser corregidos. No los que tienen razón más veces. Sino los que aprenden más rápido cuando se equivocan.
Y aprender más rápido cuando te equivocas requiere que el ego deje de interpretar el error como una amenaza a su existencia.
Ese es el memo que la serie de James le manda, sin saberlo, a todo emprendedor y todo líder que confunde la seguridad en sí mismo con la certeza de que no necesita cambiar. A todo profesional que lleva años haciendo bien las cosas y, por eso mismo, ha dejado de cuestionarlas.
Porque el talento te abre las puertas. Pero la apertura mental es lo único que te mantiene adentro.
Y si no lo crees, pregúntale a James. No. Mejor pregúntale a Novak.
Dale y no mires atrás.
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