CÓMO EDITAR TUS PENSAMIENTOS SIN PELEAR CON ELLOS


CÓMO EDITAR TUS PENSAMIENTOS SIN PELEAR CON ELLOS

Hoy te entrego todo un Playbook de 8 pasos con la técnica detallada (proveniente de la metacognición y la defusión cognitiva) para que cambies con efectividad tus pensamientos y, con ellos, tu destino. En serio. Aprovéchalo.


Por Gerardo E. Méndez.

The Winning Brain: Ciencia del Desempeño Superior para que los Empresarios Emprendedores desaten la furia de sus mentes y escalen sus negocios.

La mayoría de personas cree que controlar la mente significa pensar positivo. Esa es, muy probablemente, una de las trampas más grandes del desarrollo mental moderno. Porque “pensar positivo”, cuando no se entiende bien, termina siendo una forma elegante (e ingenua) de negar la realidad. Lo que termina pasando, es que la persona siente miedo y se obliga a decirse que “todo va a salir bien”. Pero en el fondo sabe que algo no encaja. Se siente insuficiente y se repite por inercia “sí puedo”. Entonces, se siente ansiosa y se exige calmarse. Pero por dentro no está convencida. Su sistema nervioso no le cree. Su cuerpo no lo cree. Y entonces ocurre algo peor: no sólo tiene un pensamiento perturbador, sino que además se frustra por no poder eliminarlo.

El problema no es que aparezcan pensamientos difíciles. Eso es inevitable. El problema es que la mayoría de personas no sabe relacionarse con ellos. Cree en ellos por completo o demasiado rápido. Los obedece demasiado pronto. Los convierte en identidad. Si aparece el pensamiento “creo que fallaré”, la persona no lo observa como una frase que simplemente produjo su mente; lo vive como una predicción; una sentencia inevitable. Si aparece “no soy suficiente”, no lo reconoce como un evento mental pasajero; lo convierte en una biografía. Si aparece “tal vez me va a quedar grande”, no lo cuestiona como una predicción de amenaza; lo acepta como diagnóstico.

Ahí empieza el colapso.

Porque una mente sin entrenamiento no distingue entre pensamiento y realidad. Los mezcla. Los pega. Los fusiona. Y cuando una persona se fusiona con un pensamiento, deja de tenerlo y empieza a serlo. Que, básicamente, es lo que le pasa a todos los que no aplican la metacognición y la defusión cognitiva; que, al final, es la gran mayoría del mundo. Y seguramente tú también. Porque el tema es que una cosa es saberlo y otra ser capaz de adoptarlo como un hábito diario.

En todo caso, lo que suele pasarte es que:

· Ya no piensas “tengo miedo”, sino que se convierte en miedo.

· Ya no piensas “podría equivocarme”; se convierte en inseguridad.

· Ya no piensas “me están evaluando”; se convierte en amenaza.

Por eso la verdadera edición de pensamientos no empieza borrando frases negativas y reemplazarlas por frases bonitas. Empieza con algo más “básico” y mucho más poderoso: aprender a ver los pensamientos como pensamientos, no como órdenes.

Ese es el corazón de la defusión cognitiva, de la metacognición y de la conciencia plena bien entendida. No se trata de dejar la mente en blanco. No se trata de apagar el miedo. No se trata de convencerse a la fuerza de que todo será perfecto. Se trata de construir una habilidad superior: observar lo que aparece dentro de la mente sin quedar atrapado por eso. Dicho de otra manera, la libertad mental empieza cuando puedes mirar un pensamiento sin obedecerlo automáticamente.

Esto, aunque suene simple, cambia toda la arquitectura del rendimiento humano. Un futbolista que piensa “no puedo fallar este penal” puede fusionarse con esa frase y patear desde el miedo. Pero también puede reconocerla como un pensamiento de amenaza, respirar, volver al presente y ejecutar su rutina.

Un emprendedor que piensa “si esta reunión sale mal, se acaba todo” puede dejar que esa idea le secuestre la voz, la postura y la claridad. Pero también puede identificarla, tomar distancia y volver a la pregunta que tiene enfrente.

Un líder que piensa “van a descubrir que tal vez no soy tan bueno” puede caer en ansiedad, sobreexplicación y rigidez. O, más bien, puede notar que su mente está produciendo una historia de insuficiencia, agradecer la alarma y seguir actuando con criterio.

La diferencia no está en tener o no tener pensamientos difíciles. La diferencia está en saber quién manda cuando aparecen.

POR QUÉ NO ES UN ENGAÑO EL COVENCERSE QUE LOS PENSAMIENTOS NO SON UNA VERDAD:

Lo primero, es que NO es un engaño convencerse de que los pensamientos no son verdades. De hecho, es mucho más honesto científicamente que creerles a ciegas. Porque un pensamiento no aparece como una fotografía limpia de la realidad, sino como una interpretación construida por el cerebro a partir de memoria, emoción, aprendizaje previo, sesgos, estado corporal y predicciones inconscientes. Buena parte de esos patrones se forman temprano, durante la niñez y la adolescencia, cuando el cerebro todavía está construyendo sus modelos internos del mundo: qué es seguro, qué es peligroso, qué merece amor, qué produce rechazo, cuándo conviene arriesgar o cuándo conviene esconderse. Experiencias repetidas o emocionalmente intensas pueden dejar huellas profundas (imprints) que luego el sistema nervioso usa como atajos predictivos.

Entonces, años después, ante una reunión, una crítica, una final, una mirada o una oportunidad enorme, la mente no responde sólo a lo que está pasando; responde también a lo que aprendió a temer. Por eso un pensamiento puede sentirse MUY verdadero sin serlo. Puede ser coherente con una herida, con una memoria o con un esquema antiguo, pero no necesariamente con la realidad presente. Defusionarse de él no es autoengañarse. Jamás. Es recuperar rigor: mirar el pensamiento como hipótesis, no como sentencia.

EL MÉTODO DE LOS 6 PASOS

PASO 1: LO DETECTO

El primer paso de este entrenamiento es detectar el pensamiento en tiempo real. Y este punto es fundacional. Si falla, todo el sistema colapsa. Porque mientras el pensamiento opera en automático, gobierna desde la sombra. La persona en problemas no dice “estoy teniendo el pensamiento de que voy a fallar”; dice “voy a fallar”. No dice “mi mente está anticipando rechazo”; dice “me van a rechazar”. No dice “apareció una historia de amenaza”; dice “esto es peligroso”. La mente convierte una posibilidad en certeza, y la persona, sin darse cuenta, empieza a organizar su cuerpo alrededor de esa certeza. Ahí comienza el desastre.

Por eso, antes de intentar cambiar cualquier cosa, hay que ver. La pregunta inicial no es “¿cómo elimino este pensamiento?”. Tampoco es “¿cómo lo reemplazo por uno positivo?”. La primera pregunta es: ¿qué pensamiento acaba de aparecer en mi mente? Esa pregunta no parece tan distinta, pero cumple la misma función que encender la luz en una habitación oscura. No cambia todavía los muebles, no repara el techo, no reconstruye la casa, pero permite ver dónde estás parado. Y eso ya es enorme, porque lo que puedes observar deja de tener control absoluto sobre ti.

PASO 2: LO NOMBRO

Nombrarlo como pensamiento, no como realidad. Aquí ocurre el primer acto serio de separación mental.

· En lugar de decir “voy a fallar”, la persona dice: “estoy teniendo el pensamiento de que voy a fallar”.

· En vez de decir “no soy capaz”, dice: “mi mente está produciendo la historia de que no soy capaz”.

· En lugar de decir “esto me va a salir mal”, dice: “mi inconsciente predice, por mis experiencias del pasado, a leer esto como una amenaza”.

La diferencia parece lingüística, pero en realidad es estructural. Cuando digo “voy a fallar”, estoy dentro del pensamiento. Cuando digo “estoy teniendo el pensamiento de que voy a fallar”, estoy observándolo desde afuera. Se abre un espacio. Y en ese espacio aparece la libertad porque si puedo observar el pensamiento, entonces no soy el pensamiento. Y si no soy el pensamiento, puedo decidir qué hacer con él. BOOM.

Ese espacio es la base de lo que se llama metacognición: la capacidad de pensar sobre lo que estoy pensando. Es, en cierto sentido, subir un piso dentro de la mente. En el primer piso está el contenido: “voy a fallar”, “no puedo”, “me van a juzgar”, “esto me supera”. En el segundo piso está la observación: “mi mente está generando una predicción”, “esto es una historia de amenaza”, “apareció una comparación”, “estoy fusionándome con una idea”. La GRAN mayoría de personas vive encerrada en el primer piso. El entrenamiento mental empieza cuando aprendes a subir al segundo.

PASO 3: LO CLASIFICO

Pero no basta con ver el pensamiento. También hay que clasificarlo. Esta es una de las partes más poderosas del método que aquí te presento, porque cuando una persona clasifica sus pensamientos, deja de tratarlos como verdades absolutas y empieza a reconocerlos como patrones. Y un patrón, por fuerte que sea, ya no es destino. Puede ser observado, interrumpido, debilitado y editado.

Algunos pensamientos:

· Son predicciones de amenaza: “esto va a salir mal”

· Otros son historias de identidad: “yo no soy capaz”

· Otros son comparaciones: “los demás son mejores”

· Otros son catástrofes: “si fallo, todo se acaba”

· Otros pertenecen al pasado: “siempre me pasa lo mismo”

· Otros pertenecen al futuro: “¿y si pierdo esta oportunidad?”

· Otros son intentos de control: “tengo que sentirme seguro antes de actuar”.

Esta clasificación es mucho más importante de lo que parece porque cuando un jugador piensa “la camiseta me pesa”, muy seguramente no está describiendo una realidad objetiva. Está dentro de una historia de identidad, una memoria de fracaso (incluso cultural y no propia) o una predicción de amenaza. Cuando un emprendedor piensa “no estoy listo para vender esto”, tal vez no está haciendo un análisis riguroso del mercado. Tal vez está acatando una sensación vieja de insuficiencia.

Nunca olvides que la función primaria de la mente es predecir, ya que es lo que te ayuda a adaptarte al entorno con el fin de que sobreviva. Y para predecir, no hay nada mejor que usar las experiencias del pasado. Es la materia prima. Por eso usa miedo para construir argumentos. Usa sensaciones corporales para fabricar conclusiones.

Pero todo eso lo comienzas a hackear cuando, después de detectar y nombrar el pensamiento, te preguntas:

¿Esto qué es?

· ¿Es una amenaza?

· ¿Es una comparación?

· ¿Es una memoria?

· ¿Es una historia de identidad?

· ¿Es una catástrofe?

· ¿Es un intento desesperado de control?

Esa pregunta enfría el sistema. Lo calma neutralizando el descontrol o la acción errática. Y no porque elimine la emoción, no, sino porque introduce criterio y control. Los dos antídotos contra la reactividad.

PASO 4: LO SIENTO

Luego aparece el cuerpo. Y aquí muchos métodos mentales se quedan cortos porque tratan los pensamientos como si flotaran en el aire, separados de nuestra biología. No flotan. Un pensamiento significativo siempre se relaciona con el cuerpo porque, tanto éstos como las emociones se ven directamente definidos por él.

Una predicción de amenaza aprieta la mandíbula. Una historia de carencia cierra el pecho. Una catástrofe acelera la respiración. Una comparación puede producir calor, vergüenza o tensión en el estómago. El cuerpo no es un detalle menor: es la infraestructura donde la mente se vuelve experiencia.

Por eso, este paso consiste en observar la sensación corporal sin entrar en guerra con ella. No decir “estoy mal”, sino “hay tensión en el pecho”. No decir “me estoy poniendo nerviosa”, sino “hay aceleración”. No decir “no puedo con esto”, sino “hay miedo presente”.

La diferencia es enorme. En el primer caso, la persona se convierte en la sensación. En el segundo, la observa. Y al observarla, la sensación pierde parte de su autoridad sobre ti.

Un futbolista antes de un penal puede sentir las piernas duras, la respiración corta y el corazón acelerado. Si interpreta eso como “no estoy listo”, fallará. Pero si lo interpreta como “mi cuerpo está activado porque esto importa”, puede usar esa energía a su favor.

Un ejecutivo antes de una presentación puede sentir presión en la garganta. Si concluye “esto me pasa antes de bloquearme”, probablemente se bloquea. Pero si observa “hay presión en la garganta pero aun así puedo empezar con la primera frase”, recupera el mando.

OJO: La regulación no empieza cuando el cuerpo se calma por completo. Empieza cuando dejas de interpretar cada sensación incómoda como señal de incapacidad.

PASO 5: LO DEJO SER

Aquí surge una regla que parece contraintuitiva, pero es decisiva: no discutas con el pensamiento. La mayoría intenta ganarle una pelea a la mente. Cuando aparece “vas a fallar”, responden “no, no voy a fallar”. Cuando aparece “esto saldrá mal”, responden “todo saldrá bien”.

A veces puede funcionar. Pero bajo presión suele ser una solución frágil porque la mente es una excelente abogada del miedo. Si le discutes, te responde. Si le respondes, contraargumenta. Y cuando te das cuenta, ya no estás ejecutando sino que estás atrapado en un tropel de alegatos y juicios. Caos.

Por eso no necesitas ganarle un debate al pensamiento. Necesitas cambiar la relación con él. Es así como una respuesta mucho más útil es: “gracias, mente; ya vi que estás intentando protegerme”. Esa frase no es ingenua. En realidad, reconoce algo que es cierto: la mente produce amenazas porque quiere evitar dolor para ayudarte a sobrevivir, aunque su efecto sea limitante. Al decir “gracias, mente”, no obedeces el pensamiento, pero tampoco te desgastas peleando con él. Lo registras, lo ubicas y vuelves a la tarea. Justo en ese momento ya lo dominas. Es ahí cuando te conviertes en su jefe.

Imagina a alguien antes de una negociación importante. Su mente dice: “Si pides ese precio, van a pensar que estás loco”.

· La respuesta fusionada sería bajar el precio antes de hablar.

· La respuesta combativa a eso sería: “no, no, yo soy valioso, yo merezco esto”, pero todavía con ansiedad adentro.

Mal.

En cambio, la respuesta defusionada sería más limpia: “gracias, mente; estás tratando de evitar el rechazo del cliente. Ahora vuelvo al valor real de la propuesta y hago la pregunta con claridad”. Eso es mucho más fuerte que pensar positivo. Es actuar con lucidez aunque la mente esté produciendo ruido.

PASO 6: ME DISTANCIO

Después viene el distanciamiento. Y aquí el lenguaje vuelve a ser una herramienta clave. Una técnica bastante útil consiste en hablarse con cierta distancia, usando el propio nombre o la tercera persona.

· No es lo mismo decir “estoy muy nervioso, no puedo fallar” que decirte “Juan está sintiendo presión; ¿qué necesita hacer ahora?”.

· No es lo mismo “me estoy bloqueando” que “él está notando bloqueo; ¿cuál es la siguiente acción más útil?”.

Esta pequeña distancia lingüística baja la temperatura emocional porque te permite mirarte como mirarías a alguien que quieres ayudar. Y te ayuda a mantener la observación de tus pensamientos como un tercero. Te mantiene a raya sin que te fusiones con él.

La pregunta más útil en este punto es: ¿qué le diría yo a una persona inteligente que estuviera sintiendo esto? Casi siempre, cuando respondemos desde esa distancia, aparece más sabiduría.

A otro le diríamos: respira, vuelve al dato, no conviertas un pensamiento en sentencia, no necesitas sentirte perfecto para actuar.

Pero cuando nos pasa a nosotros, dramatizamos.

El distanciamiento corrige esa distorsión. Te saca del incendio y te pone a unos metros de él. No para negar el fuego, sino para poder decidir mejor.

PASO 7: VUELVO AL PRESENTE

Observar y tomar distancia todavía no es suficiente. Hay que volver al presente. Porque la mente fusionada casi nunca vive ahí sino en recuerdos fermentados del pasado que duelen, o en el futuro ansioso que amenaza. Vive en el error anterior, en la crítica posible, en el resultado final, en el juicio de otros, en la consecuencia imaginada.

Pero el punto fundamental que debes entender es que el rendimiento, la decisión y la acción efectiva sólo ocurren en el presente. Nadie ejecuta en el futuro. Nadie respira en el pasado. Nadie resuelve una jugada desde una predicción.

Para lograr anclarse en el presente, no hay nada mejor que usar un ancla sensorial. Algo concreto que devuelva tu mente y cuerpo al entorno. Puede ser la respiración, enfocar la atención en los pies contra el suelo, el contacto de las manos, un punto visual, un sonido cercano, el peso del cuerpo sobre la silla.

En el fútbol puede ser el césped, la pelota, el compañero libre, el perfil corporal, el primer control.

En una reunión puede ser la pregunta que acaban de hacer, el documento sobre la mesa, la mirada de la persona enfrente, la primera frase que se debe decir.

El objetivo del ancla no es relajarte como si estuvieras en una clase de meditación. Busca devolverte al único lugar donde puedes actuar: aquí.

Esta parte es fundamental porque muchas personas creen que necesitan calmarse para ejecutar. Y no siempre es así. A veces no podrás calmarte del todo. A veces tendrás que ejecutar con miedo, con tensión, con pulso alto, con ruido interno. Normal. Por eso, el objetivo no es sentirte perfecto. El objetivo es que, incluso con incomodidad, tu atención vuelva a la tarea. Esa es la diferencia entre una persona emocionalmente dependiente de su estado interno y una persona entrenada. La primera actúa sólo cuando se siente lista. La segunda puede actuar mientras se está volviendo lista.

Lo bonito de todo esto, es que cuando la mente vuelve al presente, el pensamiento deja de ocupar todo el escenario y empieza a convertirse en ruido de fondo. Esa es tu victoria más grande. Porque la meta real no es que el pensamiento desaparezca. Esa expectativa es poco realista y, en muchos casos, contraproducente. La meta es que el pensamiento deje de dirigir la conducta. Puede seguir ahí, pero ya no tiene el mando.

Hasta aquí, has conseguido gestar una de las ideas más liberadoras de todo el método: no necesitas eliminar un pensamiento para actuar. Puedes llevarlo contigo sin obedecerlo. Puedes tener el pensamiento “no soy suficiente” y aun así hacer la llamada. Puedes tener el pensamiento “me van a criticar” y aun así publicar. La mente puede protestar. Pero protestar no es mandar.

Ahí empieza la verdadera edición de pensamientos. No porque cambiaste el contenido a la fuerza, sino porque cambias su jerarquía.

Antes el pensamiento estaba en el centro, gobernando. Ahora está en la periferia, observado, disminuido.

Antes era una orden. Ahora es un evento mental.

Antes era identidad. Ahora es información.

Antes era un muro. Ahora es ruido.

PASO 8: ACTÚO

Pero, al final, todo esto debe terminar en acción. Porque hay demasiada gente atrapada ahí: entiende su mente, analiza su mente, describe su mente, pero no actúa distinto. Por eso el último paso es elegir una acción pequeña, inmediata y concreta.

Bajo presión, la mente se abruma con objetivos gigantes: ganar el partido, no decepcionar al país, cerrar la venta, salvar la empresa, demostrar que valgo, no arruinar mi futuro. Eso es demasiado grande para el sistema nervioso. Por eso hay que bajar de la amenaza global a la próxima acción ejecutable.

Por ejemplo, en un penal, la próxima acción no es “hacer feliz a un país”. Es respirar, mirar, sostener la rutina y patear donde se decidió.

En una presentación, la próxima acción no es “demostrar que soy brillante”. Es escuchar la pregunta, hacer una pausa y responder la primera idea con concentración absoluta en el momento presente.

En una conversación difícil, la próxima acción no es “salvar la relación del todo”. Es decir una frase de verdad honesta sin atacar.

En un emprendimiento, la próxima acción no es “construir una empresa exitosa”. Es enviar el correo, llamar al cliente, revisar el dato, terminar la propuesta, tomar la decisión que toca.

Algo concreto anclado en el presente absoluto. No algo deformado por el pasado sesgado o por el futuro idealizado.

Entonces: ¿cuál es la próxima acción correcta?

No la vida entera. No el partido entero. No la historia familiar. No el juicio del mercado. La próxima acción. Porque cuando la mente vuelve a una tarea pequeña, el cuerpo recupera precisión. Y cuando el cuerpo recupera precisión, el miedo pierde autoridad.

NO ES SUFICIENTE CON QUE YA LO ENTIENDAS

La mayoría llegará hasta aquí y sentirá que ya entendió, sentirá esperanzas de que su vida mejorará, y mañana seguirá siendo la misma. ¿Por qué? Porque no lo practica, no lo entrena. No es que se entiende una vez y queda instalado para siempre. La defusión no se domina leyendo sobre defusión. La metacognición no se desarrolla sabiendo qué significa la palabra metacognición. Esto se practica en momentos pequeños para que esté disponible en momentos grandes. Todos los días de la vida.

Hay que entrenarlo cuando estás escribiendo y aparece “esto no está tan bueno”. Cuando vas a publicar y aparece “me van a criticar”. Cuando vas a vender y aparece “van a decir que es caro”. Cuando te equivocas y aparece “siempre daño todo”. Cuando alguien te supera y aparece “yo nunca voy a llegar allá”. Esos son los entrenamientos reales. Cada pensamiento perturbador es una repetición. Cada regreso al presente es una repetición. Cada acción tomada sin esperar que la mente esté perfecta es una repetición.

Y con el tiempo dejas de vivir reaccionando a tu mente y empiezas a dirigirla. Más que porque la controles como una máquina obediente, porque ya no te controla como una fuerza invisible. La mente sigue produciendo miedo, comparación, duda, amenaza y ruido. Pero tú ya no eres su rehén. Te conviertes en observador, regulador y ejecutor.

Ese es el verdadero poder.

El poder decir: “estoy teniendo este pensamiento, siento esta incomodidad, mi cuerpo está activado, mi mente está tratando de protegerme, pero yo decido volver al presente y ejecutar la próxima acción correcta”.

Eso es una mente entrenada.

Los pasos:

Cuando aparezca un pensamiento limitante, la secuencia es:

1. Lo detecto:
“Estoy pensando que voy a fallar.”

2. Lo nombro:
“Estoy teniendo el pensamiento de que voy a fallar.”

3. Lo clasifico:
“Esto es una predicción de amenaza, no una verdad.”

4. Lo separo de mí:
“Yo no soy este pensamiento. Estoy observando este pensamiento.”

5. Lo dejo estar:
“No necesito eliminarlo para actuar.”

6. Regreso al cuerpo:
“Respiro. Siento los pies. Vuelvo aquí.”

7. Vuelvo a la tarea:
“¿Cuál es la próxima acción correcta?”

8. Actúo:
“No espero sentirme perfecto. Ejecuto con el pensamiento presente, pero sin obedecerlo.”

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The Winning Brain - G.E Mendez

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