CORREGIDO: SI NO TIENES UNA VISIÓN ABSURDA Y DELIRANTE NO FUNCIONA


TU VISIÓN TIENE QUE PARECER ABSURDA. TIENE QUE SER DELIRANTE.

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A finales de 1974, Paul Allen caminaba por Harvard Square cuando vio una revista que cambiaría su vida. Era el número de enero de 1975 de Popular Electronics, y en la portada aparecía una extraña caja azul llena de interruptores y luces: el Altair 8800. Costaba unos pocos cientos de dólares y, visto hoy, apenas parecía una computadora. No tenía pantalla, teclado ni una interfaz amigable. Era, esencialmente, un kit para aficionados.

Pero Allen no vio una caja. Vio el comienzo de algo gigante.

Tomó la revista y fue a buscar a Bill Gates, que en ese entonces estudiaba en Harvard. Bill recordaría décadas después que aquel fue el momento en que ambos comprendieron que la revolución de la computadora personal estaba a punto de empezar. Llevaban años esperando precisamente eso: que los microprocesadores se volvieran lo suficientemente potentes y baratos como para sacar la computación de los grandes centros universitarios y empresariales.

La idea que tenían en la cabeza era extraordinariamente ambiciosa para aquella época; de hecho, rallaba en lo absurdo, en lo delirante: algún día habría una computadora en cada escritorio y en cada hogar.

Hoy resulta difícil ver lo extravagante que sonaba aquello. En 1975 las computadoras seguían asociándose con universidades, gobiernos y grandes corporaciones. Eran máquinas costosas, especializadas y operadas por expertos. El concepto de que una familia corriente pudiera necesitar una computadora en casa estaba lejos de ser evidente.

Gates ha dicho que él y Allen utilizaban aquella frase incluso antes de crear el producto que daría origen a Microsoft. Y recuerda que, cuando la discutían internamente, a veces añadían una coletilla mucho más empresarial: “…ejecutando software de Microsoft.”

Pero en aquel momento no existía Microsoft como la conocemos. Ni siquiera tenían el producto.

Después de ver el Altair, Gates y Allen contactaron a MITS, la empresa que lo fabricaba, y le dijeron que tenían un intérprete del lenguaje BASIC para la máquina.

En realidad, todavía no lo habían terminado.

Entonces empezó la carrera.

Trabajaron durante semanas usando una computadora PDP-10 y un simulador porque ni siquiera poseían un Altair real. Finalmente, Paul Allen voló a Albuquerque para demostrar el programa ante MITS. Funcionó. Aquello se convirtió en Altair BASIC, el primer producto de la futura Microsoft.

Ese pequeño triunfo fue mucho más que una venta. Era una primera evidencia de que la visión podía tener sentido. Si aparecían miles (o, algún día, millones) de computadoras personales, todas necesitarían software.

Allí estaba la oportunidad que Gates y Allen veían y muchos otros todavía no.

Durante los siguientes años la empresa comenzó a vender lenguajes de programación para diferentes microcomputadoras. En 1975 sus ventas fueron apenas de 16.005 dólares. Pero, tres años después ya superaban el millón de dólares.

Aun así, la visión seguía siendo muchísimo más grande que la empresa.

Y entonces llegó IBM.

En 1980, el gigante de la informática estaba preparando su propia computadora personal y acudió a Microsoft buscando software. El acuerdo que siguió terminó llevando un sistema operativo suministrado por Microsoft al IBM PC, lanzado en agosto de 1981. Algo decisivo, fue que Microsoft conservó la posibilidad de licenciar su sistema operativo a otros fabricantes.

Ahí ocurrió algo que cambió la historia: Lo que durante años había sido una predicción casi temeraria empezó a convertirse en una plataforma industrial.

El IBM PC ayudó a legitimar la computadora personal ante el mundo empresarial. Después aparecieron numerosos fabricantes de máquinas compatibles con IBM, muchas de ellas utilizando MS-DOS de Microsoft. El modelo permitió que Microsoft creciera no vendiendo una sola computadora, sino proporcionando software a una industria entera.

La visión comenzó entonces a perseguirlos desde el propio futuro. Cada PC vendido hacía menos absurda aquella frase. Cada oficina que instalaba computadoras la acercaba un poco más.

Décadas después, Bill Gates recordaría que aquella aspiración había parecido tan extrema que mucha gente pensó que estaban locos. En 2015, con motivo del 40.º aniversario de Microsoft, escribió a los empleados recordando que él y Allen habían establecido desde muy temprano aquella meta: una computadora en cada escritorio y en cada hogar.

Para entonces, curiosamente, el problema era exactamente el contrario: La visión se había quedado pequeña.

Había computadoras en escritorios y hogares, pero también en bolsillos, automóviles, fábricas y objetos de todo tipo.


Gates y Allen no visualizaron simplemente “una gran empresa de software”. Visualizaron un mundo diferente del que tenían frente a sus ojos. Microsoft fue, en gran medida, la consecuencia empresarial de esa imagen del futuro.

LLÉVATE ESTO

Lo que te quiero dejar después de esta historia, es algo que se observa después analizar a quienes consiguen lo “imposible” - no sólo a Gates y Allen: una visión poderosa no es una predicción bonita o idealista del futuro; es una representación tan gigante y suficientemente convincente como para empezar a tomar decisiones presentes que parecen irracionales bajo las condiciones actuales.

Y como dijo Mihaly Csikszentmihalyi: “En este punto en la historia, debe ser posible que un individuo construya una identidad que no sea simplemente el resultado de dictados biológicos y hábitos culturales, sino que provenga de una creación consciente y personal.”

Eso fue lo que hicieron Gates y Allen.

Eso es lo que han hecho casi todos los grandes: imaginar un futuro que para muchos sonaría ingenuo o imposible; encontrar razones suficientes para creer que no lo es; y trazar hacia él un camino que, aunque nunca será del todo claro, resulta tan emocionante y suficientemente posible que termina convirtiéndose en un motor único. Un motor que los hace levantarse cada día con una ilusión distinta, una convicción más profunda y una disciplina y persistencia tan poco comunes que, para el resto del mundo, parecen casi inexplicables.

Pero lo más importante de todo, no es la visión en sí. Es la parte del MOTOR. Porque será ese motor el que te impulse a convertirte en otra persona; a que evoluciones tu identidad. Llevándote a cambiar tus hábitos y la forma como ves la vida. Es de lo que habla Csikszentmihalyi.

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Durante +27 años y +500.000 entrevistas estudié cómo las personas deciden, actúan, pierden y crecen bajo presión, desarrollando un trabajo que está en la intersección entre la antropología, la neurociencia, la psicología, la lingüística, los negocios y la ejecución en el mundo real. Ahora decidí escribir el destilado de esos aprendizajes. Suscríbete y únete a 5 mil lectores semanales. ¡HAZLO Y RECIBE GRATIS NUESTRO PRIMER LIBRO DE LA SERIE "LA MENTE ANTES QUE LA MÁQUINA" - EL EMBUDO INFINITO!

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