SABER SUFRIR NO ES RESILIENCIA. ES EL NUEVO PODER DE ATRAVESAR LO IMPENSADO
Por Gerardo E. Méndez.
The Winning Brain: Ciencia del Desempeño Superior para que los Empresarios Emprendedores desaten la furia de sus mentes y escalen sus negocios.
(Antes, te aclaro algo personal: no soy religioso. Y no lo digo para indicar algo positivo sino algo informativo. A pesar de ello, creo que la historia de Jesús muy probablemente tiene un número de vivencias que bien habrían podido ser reales, y han impactado positivamente al mundo).
Hay una noche en la vida de Jesús que, incluso aunque se le despoje del tinte religioso, contiene una de las escenas más poderosas jamás escritas sobre la fortaleza humana.
Lo conmovedor es que no sucede frente a una multitud. No hubo ningún milagro ni victoria.
Es un hombre en un jardín que sabe lo que se aproxima. Siente angustia. Busca la compañía de sus amigos. Les pide que permanezcan despiertos con él. Se aparta. Ora. Y, según el relato de Mateo, reconoce abiertamente que preferiría no atravesar lo que viene.
Es Getsemaní. Y lo que pasó ahí.
Y es importante recordarlo porque hemos deformado la imagen de la fortaleza. Nos acostumbraron a imaginar que las personas extraordinarias avanzan porque son valientes y el valiente no siente miedo; o siente menos miedo. Que el campeón tiene alguna clase de inmunidad al dolor. Que el gran líder duerme tranquilo la noche anterior a la decisión imposible. Que los elegidos soportan porque son más corajudos.
Pero Jesús, en Getsemaní, no parecía un hombre al que le dolía menos. Parecía ese hombre que siente el peso completo de aquello que no quiere vivir y, aun así, no permite que ese dolor decida por él.
Ahí comienza esta historia.
Porque lo que vamos aprendiendo es que una de las capacidades más importantes para competir seriamente en la vida no es aprender a ganar. Es aprender a sufrir.
LA PALABRA MALDITA
“Sufrir” se ha convertido en una palabra maldita. Todos queremos evitarla. Todos la repudiamos. Alguien la dice y piensas “pobrecita”. “Qué tristeza.” “Qué lástima que se sienta así.”
Asociamos el sufrimiento a una calamidad interior imposible. Que solo Jesucristo fue capaz de soportar. Pero porque es inmortal.
¿Cómo podría un mortal soportarlo?
En esa película nos montaron; que los mortales no podemos soportar esos niveles de suplicio. Ni deberíamos.
Para rematar, la psicología positiva nos ha hecho creer que no puede haber espacio a nada negativo en nuestra cabeza. Puro bienestar, equilibrio, positivismo, motivación, felicidad, propósito.
¿El problema sabes cuál es? Que ese enfoque mental, sin darnos cuenta, nos ha llevado a interpretar cualquier sufrimiento como prueba de que algo no está funcionando.
Entonces empezamos a sentir que “está siendo ya demasiado difícil”.
Que “no es normal este tipo de dificultad”.
“¿Por qué me pasa esto?”
Esas creencias nos han distorsionado la frontera entre la dificultad aceptable y la inaceptable. Entre el dolor constructivo y el dolor destructivo.
Entonces ocurre nuestro verdadero desastre: salta en nuestra cabeza la frase maldita: Esto ya es demasiado y es una muestra clara de que “la cosa no es por ahí”.
La trampa difícil de la vida es que muchas veces es cierto que hay que revisar y cambiar variables de lo que construimos. En ocasiones muchas. En ocasiones sensibles y estructurales. Pero basta mirar cualquier gran empresa humana para descubrir que esa lógica funciona parcialmente. Porque todo lo grande que se quiera construir implicará sufrimiento. Implicará saber sufrir.
La verdad es que construir algo importante, duele.
Competir, duele. Fracasar, duele. Esperar, duele. Ser rechazado, duele. Entrenar cuando el cuerpo quiere ponerse más fuerte, duele. Tomar una decisión cuando ninguna alternativa es buena, duele.
Y… ¿sabes? Sostener una convicción mientras llegan las dudas, también duele.
ARTHUR SCHOPENHAUER
Arthur Schopenhauer llevó esta intuición hasta un extremo filosófico. Para él, nuestra existencia está atravesada por el querer: deseamos aquello que no tenemos, sentimos carencia mientras lo perseguimos y, cuando finalmente lo obtenemos, la satisfacción suele ser pasajera antes de que aparezca otra necesidad. Normal. Sueñas con 1 millón de dólares – los obtienes – quieres más.
Lo mismo pasará con 1 billón o 100 billones.
En su visión pesimista, pretender una existencia permanentemente libre de sufrimiento desconoce la profundidad de la condición humana.
No tenemos que aceptar toda su filosofía, pero nos deja un mensaje extraordinario: quizá sufrimos doblemente cuando, además de atravesar una dificultad, creemos que la dificultad no debería existir.
Primero está la montaña. Después añadimos nuestra indignación porque la montaña tiene una larga pendiente.
Ojo porque ahí se encierran muchas de las frustraciones de la gente.
MESSI, ARGENTINA, LOS NADAL Y EL FUNDADOR DE NVIDIA
En el deporte de élite sobrevive una expresión que casi ha desaparecido de otros mundos: hay que saber sufrir.
La selección argentina la utiliza constantemente. Durante el Mundial de 2026, Lionel Scaloni volvió a decir que para avanzar a semifinales en un Mundial es necesario atravesar momentos de sufrimiento; jugadores argentinos describieron partidos en los que se debe sufrir, en los que el rival obliga a resistir, aceptar momentos adversos y continuar hasta encontrar una oportunidad de ganar. Ellos tienen clarísimo que si se quiere ganar, hay que saber sufrir. Hay que saber atravesar el dolor.
Rafael Nadal convirtió esa relación con la dificultad en parte de su identidad competitiva. Al recordar su carrera, ha dicho incluso que conserva con especial emoción aquellos torneos en los que tuvo que luchar y sufrir más; durante años aprendió además a convivir con limitaciones físicas en su pie que exigieron adaptar su entrenamiento, musculatura y manera de competir.
Cuando se escucha hablar a su tío, Tony Nadal, quien lo formó desde niño, se comprende que le dio, al saber sufrir, una preponderancia tan alta como la que le dio a la técnica correcta para sacar el revés o el drive.
Hay algo fascinante ahí.
Estos deportistas no hablan del sufrimiento como una desgracia que inesperadamente contaminó la competencia. Hablan de él como parte de la competencia. Incluso más allá: como parte fascinante de la competencia. Como la condición más satisfactoria del ganar.
Porque llega un punto en el que ya la técnica no alcanza para ganar el partido. Llegas inevitablemente al punto en el que saber jugar mejor, no basta. Es ahí cuando hay que saber resistir mientras se sigue empujando. Empujando. Empujando.
Pero este concepto de Saber Sufrir no es exclusivo de los deportistas. Los empresarios de renombre también lo pueden encontrar valioso. Y es el caso de Jensen Huang, el fundador de Nvidia, la compañía más valorada del mundo entero mientras escribo estas líneas. En su discurso famoso a los graduados de Stanford, les dijo “espero que sufran”. Explicó que, si no fuera por el sufrimiento (que a la postre usó positivamente) jamás habría podido construir a Nvidia.
Te comparto mi video de saber sufrir para que veas tú mismo de lo que hablo: https://www.instagram.com/reel/Db0nrQYRz1Z/?utm_source=ig_web_copy_link&igsh=MzRlODBiNWFlZA==
EL VERDADERO SIGNIFICADO DE SABER SUFRIR
Saber sufrir no significa buscar sufrimiento. No significa soportar abusos. Entrenar lesionado cuando hacerlo agrava un daño. Romantizar el agotamiento. Convertir el burnout en una medalla de guerra. Humillarse después de fracasar. No es pensar que cuanto mayor sea el dolor, mayor será el mérito.
Eso no es fortaleza. Muchas veces es destrucción disfrazada de disciplina.
Saber sufrir es otra cosa:
Es desarrollar la capacidad de atravesar el dolor, la presión, la incertidumbre o la incomodidad inherentes a una aspiración difícil, sin amplificarlo innecesariamente, y sin permitir que esas vivencias destruyan nuestra claridad, nuestros valores, ni nuestra capacidad de ejecutar decididamente.
La palabra inherentes es decisiva ahí. Porque cuando una circunstancia es inherente a algo que merece ser perseguido, es ilógico desperdiciar nuestra energía intentando negar su existencia.
Y es diferente a la resiliencia.
SABER SUFRIR NO ES LO MISMO QUE RESILIENCIA
La resiliencia es un concepto amplio. Es la capacidad de adaptarnos favorablemente frente a la adversidad, de mantenernos funcionales, reorganizarnos y recuperarnos cuando la vida nos golpea.
Saber Sufrir comparte zonas con ella, pero no habita exactamente la misma casa. Te voy a contar 5 diferencias fundamentales.
1. La Diferencia Está En El Punto De Partida. Saber Sufrir Parte De La Aspiración:
La resiliencia comienza cuando aparece la adversidad. Saber Sufrir comienza antes: cuando elegimos una aspiración suficientemente difícil como para aceptar que tendrá un precio.
Quien quiere competir de verdad debe comprender hasta sus tuétanos que habrá presión extrema, cansancio, incertidumbre, frustración, dolor y momentos en los que abandonar parecerá razonable. No porque algo haya salido mal, sino porque ha entrado voluntariamente en un territorio donde esas experiencias forman parte del juego.
“Si persigo algo suficientemente difícil, habrá momentos en los que sufriré. Eso no significa automáticamente que deba abandonar.”
2. La Diferencia Está En El Objetivo:
La resiliencia busca que podamos adaptarnos, sostenernos o recuperarnos frente a la dificultad. Pero Saber Sufrir exige algo más: desempeño.
Es decir: seguir ejecutando bien mientras la dificultad todavía está en curso.
No basta con no romperse. Hay que seguir pensando. Seguir decidiendo. Seguir ejecutando.
Es decir, el Saber Sufrir tiene implícito el desempeño como resultado y consecuencia.
Un gran competidor no puede esperar a que desaparezca la presión para recuperar su mejor versión. Muchas veces tendrá que encontrarla mientras la presión sigue sin parar.
Entonces, el Saber Sufrir no solo pregunta si puedes soportar la adversidad. Pregunta qué tan bien puedes funcionar dentro de ella.
Pero, OJO. Saber Sufrir tampoco significa aguantarlo todo.
Esa es su tercera dimensión.
3. La Diferencia Está En El Discernimiento:
Hay dolores que forman parte del crecimiento y dolores que te anuncian destrucción. Hay cansancio que debe atravesarse y lesiones que exigen detenerse. Hay incomodidad útil y abuso inútil. Porque persistir no siempre es valentía. A veces también es incapacidad para escuchar.
Pero el competidor serio aprende la diferencia.
Discierne.
Aun así, todavía queda otra capacidad más sutil y matizada.
4. La Diferencia Está En Aceptar El Precio De La Dificultad Sin Luchar Inútilmente Contra Su Existencia:
Ya vimos que, a priori, es decir, antes de encarar el objetivo, hay que entender y aceptar que habrá sufrimiento. Pero una vez ya la persona se lanza al juego, durante toda esa etapa, hay que también aceptarlo. Parece lo mismo. Pero son momentos distintos. Y la mente está en escenarios distintos. Por lo que es necesario comprenderlos de forma independiente.
Quien persigue algo verdaderamente difícil necesita asumir que habrá momentos desagradables.
No es resignarse a ellos. No es disfrutarlos. No es glorificarlos.
Pero tampoco es vivir sorprendido cada vez que aparecen.
La mente inmadura diría:
“Esto no debería estar pasando.”
“¿Por qué pasa esto?”
En cambio, la mente preparada reconoce:
“Esto también forma parte del camino que elegí.”
Y esa aceptación cambia la relación con la dificultad.
Porque una parte enorme del desgaste aparece cuando, además de enfrentar lo difícil, peleamos psicológicamente contra el hecho de que sea difícil.
Así que Saber Sufrir implica poder decir: No me gusta esto. No lo elegiría por sí mismo. Pero entiendo por qué está aquí y puedo atravesarlo.
5. La Diferencia Está En No Fabricar Una Segunda Herida Sobre La Primera:
Además de estar preparado para aceptar el dolor que trae consigo el reto, cuando llega una dificultad, la realidad produce una cantidad determinada de dolor que la mente, inevitablemente, va a querer interpretar. Esto, durante todo el tramo del reto.
Es ahí cuando la mente suele añadir una interpretación dañina o inefectiva:
“No voy a poder.”
“Siempre me pasa lo mismo en este punto.”
“Si pierdo, demostraré que no soy suficiente.”
Entonces ya no sufrimos solamente por lo que sucede. Sufrimos también por todo lo que pensamos que aquello significa.
Saber Sufrir consiste en no fabricar innecesariamente una segunda herida sobre la primera.
En no multiplicar innecesariamente el dolor con miedo, anticipación, comparación, auto-castigo o interpretaciones destructivas.
No significa negar lo que sentimos. Significa no convertir cada dificultad en una condena sobre nuestra identidad. Porque eso sí que termina por desbaratar el progreso.
Por todo esto Saber Sufrir no es simplemente otro nombre para resiliencia.
La resiliencia nos ayuda a adaptarnos frente a la adversidad. Pero Saber Sufrir impone un objetivo muy concreto: conservar claridad, criterio, valores y capacidad de ejecutar cuando precisamente esas capacidades están siendo puestas a prueba.
Porque un gran competidor no se define solamente por lo que hace cuando la tormenta termina.
También por quién consigue seguir siendo mientras todavía está dentro de ella.
Este concepto es inédito mío. No sé si otros autores han profundizado en él. He investigado y no encuentro algo igual. He encontrado conceptos similares, pero no con el enfoque y, tal vez, la riqueza que aquí he armado. Entonces te agradezco me puedas compartir autores o ideas que puedan, no sólo enriquecer este gran concepto del Saber Sufrir, sino que lo puedan desafiar.
Por ahora, espera la segunda parte de esta entrega especial acerca del Saber Sufrir, que estoy preparando.
No mires atrás.
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